• Caterina de Algodón

Medidas extremas en lugares extremos. Hasta donde llegué con tal de esterilizar perritos en peligro.


Mi esposo es amante del hiking y el gran outdoors, así que hace unos 5 años empezó a obligarme a ir a la barranca de Huentitán a ejercitarnos. Es un gran reto físico subir las vías, pero el desafío mental es mucho más difícil. Tanto, que la primera vez que fui, yo pensaba que no podría ser tan difícil pero en la tercera parte de la subida (son 7), me senté a llorar en una piedrita pidiendo que alguien fuera por mi porque no habría poder humano sobre la tierra para que yo pudiera subir sin morir en el intento.


Barranca de Huentitán

Bueno, volviendo al punto de esta historia. Cuando bajas el sendero que lleva al contaminado y a veces apestoso río Santiago, llegas al pueblo abandonado de Arcediano. Ese que hace más de una década fue un conflicto político y social donde obligaron a los habitantes a desalojar sus propiedades para inundarlo por la construcción de la presa de Arcediano, proyecto que hasta la fecha sigue en sabrá dios qué.




El caso es que algunos pobladores dejaron atrás algunos perritos que habitaban con ellos. Otras personas desgraciadas hicieron todo el esfuerzo de bajar hasta allá para abandonar a algún peludo que ya no querían.


Esto ocasionó que se formara una manada de perros sin dueño viviendo en el pueblo fantasma.


Los perritos viven de la caridad de los visitantes y deportistas que bajan y les llevan croquetas o lonches. Los guardias de seguridad que manda el gobierno a vigilar el lugar también les comparten de su comida. Y afortunadamente tienen a Blanca, su ángel de la guarda, que hace hasta lo imposible por su bienestar. Ella se impuso el compromiso de bajar 7 días de la semana para alimentarlos y hacerles curaciones cuando lo necesitan.


Tengo que resaltar que estos perritos son ferales/salvajes y no se dejan tocar. Viven felices libremente en el bosque y cazan hasta iguanas para alimentarse o divertirse.



Riesgos de tratar de atrapar a un perro salvaje.

Debido a que el contacto humano es prácticamente nulo, domesticarlos para conseguirles un hogar es imposible. La única persona en la que confían y que dejan que se les acerque un poco es justamente, Blanca.


En el 2016 que yo empecé a ir semanalmente, había solo 8 perritos. Para finales del 2017 ya íbamos en 22. Y esto gracias a que varias personas se subían los cachorros que nacían para buscarles casa o adoptarlos ellos mismos. Seguramente muchas otras camadas no sobrevivieron.


Como esta situación no iba a parar y me estaba quitando la paz, se me ocurrió la grandísima idea de preguntarle a mi amiga Ana (conocida porque su misión en la vida es esterilizar todo lo que se mueva y es directora de Fundación Calle Cero) si podíamos hacer algo al respecto.


-Claro!- Me dijo.

-Hacemos campaña con Calle Cero, pero solo tengo disponible el 30 de diciembre porque todo el siguiente año ya tengo agendado de campañas, tu me dices a qué hora y donde nos vemos para llegar-


Así que tuve que cancelar mi asistencia al viaje familiar de fin de año y recibir el látigo del desprecio de mi papá por mis ocurrencias y sacrificios en labor de los perros (cualquier rescatista se puede identificar).


Tenía solo una semana para conseguir padrinos y pagar la aportación que nos pedía el médico.


Cuando por fin llegó el día, los 6 voluntarios y el doctor, bajamos por el sendero cargando insumos médicos, colocadores y snacks para llevar a cabo la odisea de atrapar, esterilizar y soltar 25 perros salvajes en un pueblo fantasma en medio de la nada.




Tratamos de atraerlos con comida para poder sedarlos con un piquete, pero en cuanto se dieron cuenta de nuestras intenciones, se les olvidó el hambre y salieron disparados al cerro.


Solo pudimos atrapar unos cuantos, así que después de 5 horas de perseguir perros, empezamos a subir las vías muertos de hambre y derrotados. Una perra preñada tendría a sus cachorros pronto y la otra mitad de perros seguirían reproduciéndose infinitamente si no volvíamos.


Entonces acordamos regresar en un par de meses, esta vez en carro ya que Ana me aclaró que no volvería a subir las vías y yo no estaba dispuesta a esperar 2 horas para que lo hiciera.


Las famosas vías.

En el ínter, los cachorros de la perra que estaba embarazada, ya habían nacido y estaban destetados, así que fui la afortunada de subirlos a la civilización para domesticarlos y darlos en adopción. Imagínense subir las vías con un cachorro de 5 kilos en la mochila a espaldas. Pero esta historia de terror que apenas comenzaba para mí y merece su propio post.



Cachorro rescatado de Arcediano.

Movimos cielo, mar y tierra para que la CEAS (Comisión Estatal del Agua) nos autorizara el paso en vehículos, ya que son terrenos propiedad del Estado. De alguna manera alguien nos pasó el contacto de Blanca para que nos ayudara ya que solo a ella le hacen caso los perritos y armamos otra vez el equipo de voluntarios y padrinos para poder llevar a cabo la segunda etapa de la campaña.


Volvimos a Arcediano. Cabe destacar que la entrada está en las afueras de Guadalajara y de la entrada a Arcediano es aproximadamente 1 hora de terracería.


Una vez en el lugar, los guardias de seguridad se pusieron las pilas y con el ruido de cazuelas con el que llaman a los perritos a comer, los encerramos en el terreno de la iglesia abandonada del pueblo y ahora sí, a picotear pompas de perrito.


Entrada vehícular hacia Arcediano.

Y pues triunfamos! O eso pensamos, puesto que creímos que todos los peludos que no operamos la primera vez, por fin fueron esterilizados y la población de perritos ya no seguiría creciendo.


A excepción de una perrita, que siendo lista como ella sola, logró escaparse después del piquete de sedante y se escondió anestesiada, se quedó dormida en algún matorral y no logramos encontrarla para operarla.


Nos quedamos tranquilos porque todos los machos habían sido castrados, la manada siempre estaba en el mismo lugar y no recibían perros foráneos. A fin de cuentas casi todos eran familia.


Pero no, no nos salvamos. Un año después Blanca nos llamó para contarnos que la susodicha perrita recorrió como 10 kilómetros hasta la ranchería más cercana para buscar novio, y lo encontró. Entonces ahora seríamos madrinas de cuatro nuevos cachorros.


Tratamos de guardar la calma y superar la frustración. Pero no podíamos quedarnos sin hacer nada porque si no cerrábamos la cadenita, el ciclo volvería a empezar. Y el esfuerzo había sido enorme. Así que a darle el último estirón.


En algún lugar de Huentitán.

Otra vez conseguimos autorización de la dependencia estatal y nos aventuramos de nuevo para terminar de una vez por todas con esta labor que nos tomó dos años terminar.


La ventaja esta vez, fue que la perrita se ablandó con la maternidad y no sabemos por qué pero ya no odiaba a los humanos.

Nos recibió, se despidió de sus cachorros, la operamos y volvimos con los bebés listos para empezar su protocolo y darlos en adopción.


Ahora viven felices, y nosotros dormimos tranquilos porque ya no habrá nuevos perritos en riesgo de ser matratados, envenenados y pasando penurias en un pueblo olvidado al fondo de un barranco.



Cachorro barranqueño adoptado.
Otro barranqueño de vacaciones con su hermano



Me gustaría haber documentado mejor las campañas, pero todas las manos estaban ocupadas trabajando.



¿Amas a los animales y odias verlos en la calle?



Si tu comunidad o colonia necesita una campaña de esterilización masiva o a bajo costo, contacta a Fundación Calle Cero o llama al 33 13 05 75 46. Los requisitos para organizarla son sencillos y es todo por un bien común.